Bastaba con que bajara un poco el sol para que se escuchara el crujido de las reposeras de tiras plásticas abriéndose en la vereda.
No hacían falta mensajes ni acuerdos previos: salía uno con el termo abajo del brazo, se arrimaba el vecino de al lado con la boina o el diario, y en minutos la charla arreglaba el pueblo, la cosecha o la semana.
Mientras tanto, la calle era nuestro patio: la pelota contra el cordón, las bicicletas tiradas en el pasto y la tranquilidad absoluta de saber que cualquier vecino era también un poco familia.
Porque hay costumbres que pasan los años, cambian las épocas, pero nunca se van del todo. Quedan guardadas en la memoria de un pueblo y vuelven cada vez que alguien dice: “¿Te acordás?”
Arequito Hoy
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